“Estoy solo y no hay nadie en el espejo”.
J. L. Borges
No me respondió, sólo señaló la cuna. El cuarto estaba totalmente oscuro, aunque era de día. Entramos y prendió el velador. Todo se veía igual, salvo la ventana… tenía unas cortinas gruesas y la persiana estaba baja. El mosquitero que había antes, ahora estaba roto.
─ El olor… ─dije y me callé antes de terminar la frase.
Caminé hacia la cuna y antes de mirar al hijo, miré a Claudia, sonreía de manera nerviosa… Me puse al lado de la cuna, previendo el peor desenlace. La última vez que lo había visto, me había mirado con esos ojos azules y había movido sus piernas y brazos. Ahora estaba inmóvil, con los ojos abiertos y la mirada fija. En la piel blanca de su cara había algunos moretones. La cabeza y el cuello estaban de un color verde, azulado. Me tapé la boca y lo seguí mirando. Un centenar de moscas le revoloteaban: algunas apoyadas sobre la nariz y otras sobre la boca. El cuerpo lo tenía tapado. Imaginé que debajo de esas sábanas, habría miles de moscas…
Una costumbre que nos había quedado desde niñas era la de comunicarnos por encima de la pared que separaba nuestras casas: cualquiera de las dos apoyaba su escalera, subía los peldaños y desde el último escalón -que ya nos permitía mirar hacia el parque de la otra- nos llamábamos por nuestros nombres. De esto habían pasado 30 años. Aquella tarde, antes de ir a tocar el timbre de Claudia, hacía tres semanas que no la veía porque me había ido de viaje, subí a la escalera para ver por qué los perros no dejaban de ladrar. Miré hacia la casa; a diferencia de otras veces, el parque tenía el pasto crecido. Los perros estaban inquietos. Otro detalle que me sorprendió fue la soga: seguía colgada la misma ropa que hacía tres semanas. También, que la puerta que comunicaba el parque con la cocina estaba cerrada, y las persianas, bajas. Traté de agudizar el oído para escuchar los gritos de Claudia hacia su hijo, que eran habituales, pero no oí nada. Algo que también llamó mi atención fueron esas moscas, había muchas en esa tarde de febrero.
La llamé a Claudia desde este lado, pero no hubo respuesta. Los perros dejaron de ladrar cuando me vieron. Quizás Claudia estaría durmiendo la siesta, pensé. Me bajé de la escalera y caminé hacia la cocina. No terminé de entrar cuando volví a escuchar el ladrido insistente de uno de los perros. Salí de nuevo y volví a subir la escalera: el perro que ladraba estaba mirando hacia la puerta de la cocina; tal vez, Claudia había hecho un ruido y el perro lo había escuchada, pensé. Hice palmas, sumadas a los ladridos, quizás, lograban que mi amiga saliera, pero en vez de Claudia, sólo me respondieron los perros; vinieron hasta la pared, apoyaron las dos patas y movieron la cola. Se los veía delgados. Busqué con la vista los tarros de comida y de agua: estaban vacíos. Decidí ir por el frente y tocar el timbre.
Me bajé de la escalera, atravesé la cocina de mi casa y salí a la vereda. Caminé unos metros y llegué a la puerta de la casa. Las persianas del living y del escritorio también estaban bajas. Toqué el timbre. Los minutos pasaban y ella no aparecía…
Volví al timbre y enseguida escuché el ruido de las llaves. A la puerta la abrió Claudia, pero no sólo me miró como si yo fuera una desconocida, sino que su apariencia… tenía unas ojeras oscuras en contraste con su piel blanca; también, los labios un poco violáceos y sus ojos esquivaban a los míos.
─ Te estuve llamando desde la escalera.
─ El zumbido de las moscas…
─ ¿Qué?
─ Estoy harta del zumbido de las moscas ─dijo y caminó hacia la cocina. La seguí, creyendo que exageraba.
─ Los perros tienen hambre y sed ─dije, pero pareció no escucharme.
En la cocina había moscas sobre un pedazo de budín, en una mamadera y sobre unas mudas de ropa. Sacó un aerosol de la alacena y lo esparció por el ambiente. Luego agarró el matamoscas.
─ ¿De dónde viene ese olor? –pregunté.
No sólo que no respondió, sino que bajó la mirada, y se quedó en un punto fijo del piso, con la mirada perdida. Seguía callada, mirando hacia aquel punto fijo. De pronto, agitó las manos para espantar las moscas que revoloteaban sobre su cabeza. Claudia parecía como en estado de shock. Me resultaba extraño que el hijo no llorara ni la llamara.
─ ¿Y el nene cómo está? ─pregunté.
─ En su dormitorio…─ Las moscas no se van ─contestó, sin responder a mi pregunta.
Claudia estaba actuando de una manera extraña. Desde que la conocía jamás la había visto así: con la casa sucia, desordenada; las moscas, el olor, el silencio del hijo.
─ ¿Lo puedo ir a ver? ─pregunté.
De pronto, volvió a mirar hacia el piso. Se mordió una de sus uñas y enfiló por el pasillo largo. La seguí, estaba claro que iba hacia la habitación del hijo. Iba delante de mí; de tanto en tanto se daba vuelta y me miraba. Llegamos a la puerta, estaba entreabierta. y fue ahí cuando después de verlo me alejé de la cuna; Claudia estaba parada detrás de mí. Caminé hacia la puerta para irme de su casa.
─ Esperá –dijo.
Se acercó a mí, yo di un paso hacia atrás.
─ ¿Te podés quedar con él que tengo que salir?
Las moscas nos revoloteaban. Una se posó en mi hombro y la espanté. Otras sobrevolaban sobre nosotras.
─ ¿Te molesta el zumbido? ─preguntó.
─ A mí, sí… es insoportable ─afirmó.
No pude responderle. Inmediatamente, dijo que iba a buscar más aerosol para matar las que había en el cuarto. Fue en ese momento cuando salí corriendo hacia mi casa. Agarré el auricular del teléfono y llamé a la policía. Todavía no había cortado cuando distinguí la voz de Claudia; me estaba llamando desde el otro lado de la pared de mi casa. El coro de los ladridos de sus perros hacía que Claudia elevara su voz y gritaba mi nombre. Terminé de hablar por teléfono y salí al patio. Ahí estaba ella, en el último peldaño de la escalera, mirándome a los ojos; lloraba mientras seguía diciendo que el zumbido era insoportable, que no aguantaba más, que, por favor, la ayudara a sacar las moscas. Me subí a la escalera, tal como lo hacíamos siempre.
─No entendés lo insoportable que es, no te das una idea. Los perros nos miraban.
Mientras estábamos sobre las escaleras, escuché la sirena del móvil de la policía.
─Esperáme acá que ahí voy para tu casa ─le dije.
Salí a la calle y me encontré con dos policías. Había una ambulancia y un patrullero. Les dije que el niño estaba arriba. Entraron y cerraron la puerta, en mi cara. Decidí que era mejor volver y esperar. Caminé de un lado hacia otro en la cocina, miré hacia el parque, hacia la pared; qué había pasado con el hijo, me pregunté. Me asomé a la vereda, el patrullero seguía en la puerta. De lejos, escuchaba los ladridos de los perros y más allá los alaridos de Claudia, seguidos de llanto. Fui hasta la casa, toqué el timbre, nadie atendía. Volví a mi casa, salí al parque. Recordé el lugar donde solía estar, cuando subía a su escalera para charlar conmigo. Y no la vi mirándome sobre la escalera, ni esperándome desde el otro lado; sólo escuché que gritaba mi nombre… y esos gritos se iban desvaneciendo, a medida que los policías la sacaban de la casa y se la llevaban… Me apuré en salir a la calle, le dije que iba a hacer lo que pudiera para ayudarla y ella, casi como en un lamento, me respondió amiga, no aguanto más el zumbido de las moscas. Vi cómo la ambulancia cargaba el cuerpo del hijo, tapado con una sábana, y cómo el patrullero se perdía entre los autos, con ella ahí dentro.