Lluvia de balcón

Posted: 06/12/2011 in Cuentos

Estoy convencido de que en un principio Dios hizo un mundo distinto   para cada hombre, y que es en ese mundo, que está dentro de nosotros mismos, donde deberíamos intentar vivir.

Oscar Wilde

Saco una de mis alas afuera, por la puerta del balcón, mi cuerpo queda adentro, despliego el ala… llueve, el agua que cae es real, todo lo que está pasando es real: los relámpagos, los pájaros que vuelan buscando refugio, la gente que corre para no mojarse o los que caminan por debajo de los edificios. Sí, llueve y hace cuánto que no pongo esta ala a la intemperie. No lo hago desde que soy chico; recuerdo que iba al pasto y me ponía debajo de la lluvia hasta quedar totalmente mojado o esperaba que dejara de llover y entonces iba a los charcos y me bañaba en ellos; cuando era chico vivíamos en una casa, luego en un edificio abandonado y hace poco me mudé a un piso bajo, con balcón; anido al lado de una  ventana que tiene balcón; la puerta de éste se entreabre y antes de que empiece a llover, me meto dentro, porque ya no quiero mojarme, quizás porque estoy más viejo o porque hace mucho que no lo hago, y no tengo con quién y me olvidé qué se sentía, pero hoy no tengo ganas de meterme dentro; hoy tengo ganas de que la lluvia me moje, aunque sea un ala. Por eso es que la puse afuera y las gotas me la siguen mojando; algunas caen con el mismo ritmo, otras son desparejas, más grandes o más chicas, pero mojan y no se detienen. Hace mucho que tampoco huelo lo que la lluvia evapora… tanto tiempo anidando dentro de un edificio abandonado me hizo perder tantas lluvias… En cambio, desde este balcón, puedo oler la tierra que se levanta, el hollín, el olor a humo, el olor de la ciudad, de la gente… Las gotas son cada vez más grandes, mi ala está completamente mojada…

De pronto, me dan ganas de mojarme por completo, por qué esto de sacar una parte y no todo el cuerpo, qué me detiene. Salgo al balcón y miro al cielo: hay nubes de color gris plomizo y negras. Sigo con la frente en alto, las gotas resbalan por mi cara, me mojan la cabeza, los ojos y caen por todo mi cuerpo; mi plumaje se aplasta y pierde el brillo. Miro hacia la calle, está vacía, nadie se quiere mojar, sólo miles de gotas caen en diferentes direcciones, pero todas a la vez y con fuerza. Sonrío… Es como si estuviera solo en esta ciudad, porque el único silencio es el ruido de la lluvia. Así como estoy, todo empapado, como si hubiera salido de un charco, me subo a la baranda, me acomodo en ella y ahí me quedo, disfrutando de esta lluvia de balcón.

Zumbido

Posted: 18/05/2011 in Cuentos
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“Estoy solo y no hay nadie en el espejo”.

J. L. Borges

No me respondió, sólo señaló la cuna.  El cuarto estaba totalmente oscuro, aunque era de día. Entramos y prendió el velador. Todo se veía igual, salvo la ventana… tenía unas cortinas gruesas y la persiana estaba baja. El mosquitero que había antes, ahora estaba roto.

─ El olor… ─dije y me callé antes de terminar la frase.

Caminé hacia la cuna y antes de mirar al hijo, miré a Claudia, sonreía de manera nerviosa… Me puse al lado de la cuna, previendo el peor desenlace. La última vez que lo había visto, me había mirado con esos ojos azules y había movido sus piernas y brazos. Ahora estaba inmóvil, con los ojos abiertos y la mirada fija. En la piel blanca de su cara había algunos moretones. La cabeza y el cuello estaban de un color verde, azulado. Me tapé la boca y lo seguí mirando. Un centenar de moscas le revoloteaban: algunas apoyadas sobre la nariz y otras sobre la boca. El cuerpo lo tenía tapado. Imaginé que debajo de esas sábanas, habría miles de moscas…

Una costumbre que nos había quedado desde niñas era la de comunicarnos por encima de la pared que separaba nuestras casas: cualquiera de las dos apoyaba su escalera, subía los peldaños y desde el último escalón -que ya nos permitía mirar hacia el parque de la otra- nos llamábamos por nuestros nombres. De esto habían pasado 30 años. Aquella tarde, antes de ir a tocar el timbre de Claudia, hacía tres semanas que no la veía porque me había ido de viaje, subí a la escalera para ver por qué los perros no dejaban de ladrar. Miré hacia la casa; a diferencia de otras veces, el parque tenía el pasto crecido. Los perros estaban inquietos. Otro detalle que me sorprendió fue la soga: seguía colgada la misma ropa que hacía tres semanas. También, que la puerta que comunicaba el parque con la cocina estaba cerrada, y las persianas, bajas. Traté de agudizar el oído para escuchar los gritos de Claudia hacia su hijo, que eran habituales, pero no oí nada. Algo que también llamó mi atención fueron esas moscas, había muchas en esa tarde de febrero.

La llamé a Claudia desde este lado, pero no hubo respuesta. Los perros dejaron de ladrar cuando me vieron. Quizás Claudia estaría durmiendo la siesta, pensé. Me bajé de la escalera y caminé hacia la cocina. No terminé de entrar cuando volví a escuchar el ladrido insistente de uno de los perros. Salí de nuevo y volví a subir la escalera: el perro que ladraba estaba mirando hacia la puerta de la cocina; tal vez, Claudia había hecho un ruido y el perro lo había escuchada, pensé. Hice palmas, sumadas a los ladridos, quizás, lograban que mi amiga saliera, pero en vez de Claudia, sólo me respondieron los perros; vinieron hasta la pared, apoyaron las dos patas y movieron la cola. Se los veía delgados. Busqué con la vista los tarros de comida y de agua: estaban vacíos. Decidí ir por el frente y tocar el timbre.

Me bajé de la escalera, atravesé la cocina de mi casa y salí a la vereda. Caminé unos metros y llegué a la puerta de la casa. Las persianas del living y del escritorio también estaban bajas. Toqué el timbre. Los minutos pasaban y ella no aparecía…

Volví al timbre y enseguida escuché el ruido de las llaves. A la puerta la abrió Claudia, pero no sólo me miró como si yo fuera una desconocida, sino que su apariencia… tenía unas ojeras oscuras en contraste con su piel blanca; también, los labios un poco violáceos y sus ojos esquivaban a los míos.

─ Te estuve llamando desde la escalera.

─ El zumbido de las moscas…

─ ¿Qué?

─ Estoy harta del zumbido de las moscas ─dijo y caminó hacia la cocina. La seguí, creyendo que exageraba.

─ Los perros tienen hambre y sed ─dije, pero pareció no escucharme.

En la cocina había moscas sobre un pedazo de budín, en una mamadera y sobre unas mudas de ropa. Sacó un aerosol de la alacena y lo esparció por el ambiente. Luego agarró el matamoscas.

─ ¿De dónde viene ese olor? –pregunté.

No sólo que no respondió, sino que bajó la mirada, y se quedó en un punto fijo del piso, con la mirada perdida. Seguía callada, mirando hacia aquel punto fijo. De pronto, agitó las manos para espantar las moscas que revoloteaban sobre su cabeza. Claudia parecía como en estado de shock. Me resultaba extraño que el hijo no llorara ni la llamara.

─ ¿Y el nene cómo está? ─pregunté.

─ En su dormitorio…─ Las moscas no se van ─contestó, sin responder a mi pregunta.

Claudia estaba actuando de una manera extraña. Desde que la conocía jamás la había visto así: con la casa sucia, desordenada; las moscas, el olor, el silencio del hijo.

─ ¿Lo puedo ir a ver? ─pregunté.

De pronto, volvió a mirar hacia el piso. Se mordió una de sus uñas y enfiló por el pasillo largo. La seguí, estaba claro que iba hacia la habitación del hijo. Iba delante de mí; de tanto en tanto se daba vuelta y me miraba. Llegamos a la puerta, estaba entreabierta. y fue ahí cuando después de verlo me alejé de la cuna; Claudia estaba parada detrás de mí. Caminé hacia la puerta para irme de su casa.

─ Esperá –dijo.

 Se acercó a mí, yo di un paso hacia atrás.

─ ¿Te podés quedar con él que tengo que salir?

 Las moscas nos revoloteaban. Una se posó en mi hombro y la espanté. Otras sobrevolaban sobre nosotras.

─ ¿Te molesta el zumbido? ─preguntó.

─ A mí, sí… es insoportable ─afirmó.

No pude responderle. Inmediatamente, dijo que iba a buscar más aerosol para matar las que había en el cuarto. Fue en ese momento cuando salí corriendo hacia mi casa. Agarré el auricular del teléfono y llamé a la policía. Todavía no había cortado cuando distinguí la voz de Claudia; me estaba llamando desde el otro lado de la pared de mi casa. El coro de los ladridos de sus perros hacía que Claudia elevara su voz y gritaba mi nombre. Terminé de hablar por teléfono y salí al patio. Ahí estaba ella, en el último peldaño de la escalera, mirándome a los ojos; lloraba mientras seguía diciendo que el zumbido era insoportable, que no aguantaba más, que, por favor, la ayudara a sacar las moscas. Me subí a la escalera, tal como lo hacíamos siempre.

─No entendés lo insoportable que es, no te das una idea. Los perros nos miraban.

Mientras estábamos sobre las escaleras, escuché la sirena del móvil de la policía.

─Esperáme acá que ahí voy para tu casa ─le dije.

Salí a la calle y me encontré con dos policías. Había una ambulancia y un patrullero. Les dije que el niño estaba arriba. Entraron y cerraron la puerta, en mi cara. Decidí que era mejor volver y esperar. Caminé de un lado hacia otro en la cocina, miré hacia el parque, hacia la pared; qué había pasado con el hijo, me pregunté. Me asomé a la vereda, el patrullero seguía en la puerta. De lejos, escuchaba los ladridos de los perros y más allá los alaridos de Claudia, seguidos de llanto. Fui hasta la casa, toqué el timbre, nadie atendía. Volví a mi casa, salí al parque. Recordé el lugar donde solía estar, cuando subía a su escalera para charlar conmigo. Y no la vi mirándome sobre la escalera, ni esperándome desde el otro lado; sólo escuché que gritaba mi nombre… y esos gritos se iban desvaneciendo, a medida que los policías la sacaban de la casa y se la llevaban… Me apuré en salir a la calle, le dije que iba a hacer lo que pudiera para ayudarla y ella, casi como en un lamento, me respondió amiga, no aguanto más el zumbido de las moscas. Vi cómo la ambulancia cargaba el cuerpo del hijo, tapado con una sábana, y cómo el patrullero se perdía entre los autos, con ella ahí dentro.

De lluvia y de río

Posted: 18/04/2011 in Cuentos

  Para Adair…                                                                                                                                                                                                                                                                                                         

“Y es una fuerte, fuerte, fuerte lluvia la que va a caer.” 
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              Bod Dylan


Esa noche había mucho viento y las gotas cada vez eran más grandes y caían con más intensidad sobre la tierra. El río era el testigo de nuestro encuentro; quieto e imperturbable, nos acompañaba. El cielo estaba oscuro; las nubes llenas de lluvia tapaban a las estrellas y a la luna. El río era tan  oscuro de noche que mirarlo me producía una sensación de ahogo; imaginaba que una fuerza misteriosa podría surgir desde debajo del agua para atraparme y llevarme hacia las profundidades de un abismo; por eso al río me gustaba verlo iluminado en noches de luna llena, o simplemente de día.

Esa noche de otoño, la luna estaba en creciente y escondida. Sólo la pudimos ver una vez, en un espacio entre nubes azuladas. Recuerdo que él estaba acostado boca arriba sobre mis piernas cuando las primeras gotas comenzaron a caer sobre su cara. De pronto, el viento empezó a levantar polvareda, a agitar el agua y a las copas de los árboles. Luego, llegaron al cielo los relámpagos que, en cuestión de segundos, iluminaron las copas y ellas, atrevidas, se movieron como acariciadas por el viento… Los relámpagos también alumbraron al río: el color marrón claro, en nada se parecía al color oscuro que tenía esa noche.

Llovía. Nos levantamos dispuestos a buscar refugio en alguna de las galerías de la casa de mi abuela. El olor a tierra mojada me hizo recordar partes de mi infancia en esta casa. Encontramos un lugar en una de las galerías y ahí nos quedamos. Estábamos parados, mirando cómo caían las gotas sobre el pasto. Para encontrar su mirada, se me ocurrió decirle que era la primera vez que alguien me hacía sentir de una manera distinta a la que estaba acostumbrada. Lo busqué con mis ojos mientras decía esto. Y él no sólo me miró, sino que me agarró de la mano. Nos acercamos y fui en busca de un abrazo. Sentirlo cerca de mi pecho era como estar protegida, en un lugar cálido y en el que nada malo me iba a pasar. Mi cabeza estaba apoyada sobre su hombro, mis brazos le rodeaban su cuello. Él me abrazaba agarrándome la cintura, su cabeza descansaba en mi hombro. Las gotas de lluvia nos salpicaban. Apoyó su mano tibia sobre mi espalda; luego, me acarició la nuca, y el contacto con su ser me trajo el recuerdo de que alguna vez me habían querido, pero que esa vez había sido hacía muchos años atrás. Las lágrimas se confundieron con las gotas que quedaban en mi cara. Abandoné su hombro y fui, nuevamente, en busca de su mirada, él hizo lo mismo. Luego, acercó su boca hacia la mía y rozó sus labios contra la comisura de los míos. Cerré los ojos, creo que él también hizo lo mismo;  escuchaba su respiración y cómo poco a poco nuestros labios se iban reconociendo y se iban acercando, lentamente, en aquella noche de lluvia y de río.

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 http://www.youtube.com/watch?v=6Q9fBU5ICxc

Vacío

Posted: 28/02/2011 in Cuentos
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                                                                                                                                                                                                                                                                                                      “A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un sólo instante”.
Oscar Wilde

 

La habitación está oscura, cierro la puerta con llave. Camino por el cuarto, el silencio lo invade, un espejo es lo único que me recuerda que estoy acá.

Me acerco a la ventana, corro la cortina y a lo lejos, un parque oscuro con algunos árboles. Abro la ventana, el calor es sofocante; se me humedecen las manos, quiero creer que es por la falta de viento. Dejo la ventana abierta. Una ráfaga de aire húmedo entra al cuarto, oigo la voz de Hugo. Hugo no puede estar acá. Quisiera que nunca más me hablara.

Me acerco a la mesa de luz. La foto del portarretratos muestra la foto de las Cataratas del Iguazú; ese fue nuestro último viaje y en el que quedé embarazada; en ese momento éramos el prototipo de la “pareja” feliz. Aprieto el portarretratos contra mi vientre… perdí a mi hijo, pienso. Sobre la mesa de luz, un vaso de agua. Abro el cajón y busco el frasco de pastillas; no quiero saber nada más de Hugo.

Un golpe en la puerta me sobresalta, es él que me pide que le abra.

-¿No me escuchás? -grita. -Dejá de hacerte la cabeza y salí a despejarte.

Voy hacia el picaporte y verifico que la puerta esté bien cerrada.

-Acá al único que nada le importa es a vos.

-¿Querés que probemos?, abrí.

-No entendés nada, Hugo.

-Soy al último que escuchás, como siempre.

-Dejáte de joder.

-Al final es como digo no valorás nada de lo que hago por nosotros, abrí.

-¿Sabés una cosa Hugo?, no quiero verte nunca más, andáte.

Hace un tiempo atrás, era el mes de Julio, estaba durmiendo acá mismo cuando oí que él había llegado. Era la madrugada y estaba borracho. Hijo de puta, había pensado, quién sabe con qué atorranta se habrá revolcado y ahora llega destruido. Un rato antes de querer entrar al cuarto había estado riéndose. Me levanté, le abrí. Comenzó a desnudarme. Yo no quería hacerlo así que le agarré el brazo, se lo apreté, y en ese momento me agarró de los hombros y me tiró al piso gritándome que la culpa era mía. El silencio, el frío cortante que me desgarraba por dentro: la sangre corría por mis piernas…  

Voy hasta el equipo de música y pongo el tema “The thin ice”. El espejo, el frasco de pastillas y el portarretratos en la mesa de luz. Me paro frente al espejo, una grieta en el hielo, pienso, una grieta; agujeros vacíos por donde salen abejas doradas. Agarro el portarretratos y tengo ganas de reír, tal vez por la ridiculez que se me ocurrió, la idea rara de las abejas doradas; una idea rara, digo en voz alta, un metal frío que se derrite en el piso y tiro el portarretratos contra el espejo; los vidrios se rompen en minúsculos pedazos, y cubren el suelo. Abro el frasco, me paro sobre los vidrios y pongo todas las  pastillas en mi boca. Los labios comienzan a dormirse. Miro mis dedos de la mano: parecen tizas de colores, se hacen polvo que vuela por la habitación. Miro mis pies, sangran.

En el piso, el frasco, el vaso, vacíos, como yo, y como esta habitación en la que suena la voz profunda de Roger Waters que dice no te sorprendas cuando una grieta en el hielo aparezca bajo tus pies, porque resbalas donde no debiste ir y pierdes la razón, con el miedo fluyendo detrás de ti, mientras te aferrás al hielo quebradizo…

 

http://www.youtube.com/watch?v=JzqjHHsegE8

No vas a volver

Posted: 28/02/2011 in Cuentos
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                                                              “Si no recuerdas la más ligera locura en la que el amor te hizo caer, no has amado”.
W. Shakespeare

 

La casa quedó vacía desde que te fuiste. Se secó la planta de la moneda que habíamos comprado. No vas a volver. Camino por el living revisando lo que queda: una mesa y dos sillas. Tengo un poco de tiempo, antes de que vengan los nuevos inquilinos. Voy al que era nuestro baño: la mesada vacía sin tus perfumes, ni cremas, ni afeitadora, ni nada.

Salgo del baño y voy al escritorio, sobre la mesa encuentro uno de tus libros. En uno de los estantes de la biblioteca estaban tus libros, tu música, y ahora no queda nada, nada. Agarro el libro que encontré y lo aprieto contra mi cuerpo; a este libro de Borges lo habíamos leído juntos, ¿Te acordás de ese cuento que tanto nos hacía pensar en los sueños? Martín, no vas a volver. Me acerco al ventanal del cuarto, el cielo está gris y hay viento.

Voy al dormitorio. Todavía está la cama, sin colchón ni almohadas y en un estante quedó un portarretratos de cuerina con una foto de los dos. Me siento sobre la madera fría de la cama, una cama elástica para saltar al cielo, pienso, la cama: una laguna oscura de peces incoloros. Quizás, todavía haya algún pelo tuyo en el piso;  ojalá, ojalá que estuvieras aquí. Sólo éramos dos almas perdidas que nadan en una pecera, año tras año, corriendo siempre sobre el mismo viejo camino ¿Que hemos encontrado? Los mismo miedos de siempre, deseo que estuvieras aquí…, pienso en este tema de Pink Floyd; mi alma, un charco de agua que se seca… Agarro el portarretratos y tengo ganas de nadar, tal vez para olvidarme de las ideas tan absurdas que pienso, una idea absurda, digo en voz alta, una sombra rota por los vidrios… y tiro el portarretratos contra el piso.

Salgo del dormitorio. Los fantasmas se van del comedor cuando enciendo la luz. Me siento durante un largo rato en la silla que él solía usar.  La mesa está llena de tierra. Ya sé que nos vas a volver, eso es imposible, digo en voz alta. Camino hacia el balcón. Abro la puerta. El viento me enfría la cara. Los inquilinos deben estar por llegar, pienso. Me agarro de la baranda, miro hacia abajo. Cuando era adolescente quería tirarme del octavo piso de la casa en la que vivía con mis padres; solía preguntarme cuáles serían las sensaciones que una persona experimenta mientras va llegando al piso y sabe que se va a morir. Me dan miedo las alturas, pero también ganas de tirarme hacia abajo. Escucho el timbre del portero eléctrico, esos son los que vienen a ocupar el lugar donde fui feliz con Martín. Apoyo la mitad de mi cuerpo en la baranda del balcón con la cabeza hacia abajo. Todavía estoy agarrada a los barrotes. Mi amor, en la muerte nos encontramos, digo en voz alta y me suelto hacia el vacío.

http://www.youtube.com/watch?v=QCQTr8ZYdhg

Pasos

Posted: 23/12/2010 in Cuentos

                                                             “Es una equivocación creer que el horror se asocia inextricablemente con la oscuridad, el silencio y la soledad”.

                                                                                              H. P. Lovecraft

 

 

Marta apretó la llave de luz para apagar la lámpara de techo. Sabía de memoria cada paso que tenía que dar para no tropezarse ni con una mesa de arrime, ni con un baúl. A oscuras, caminó los pasos suficientes para llegar hasta la cama, se sentó y encendió el velador de la mesa de luz. Luego, se acostó y del cajón sacó un libro de cuentos de Lovecraft: El que acecha en el umbral. Mientras buscaba la página en la que lo había abandonado comenzó a escuchar esos ruidos, los que durante las últimas noches la habían estado atormentando. Parecían pasos sobre las escaleras o sobre los pisos de madera; se mezclaban con el silbido del viento. Aunque quería creer que esos sonidos eran habituales -los pisos y las escaleras siempre crujían-, no dejaba de imaginarse que quizá no estaba sola; había llegado a fantasear que algún ser maravilloso, noche tras noche, bajaba y subía por las escaleras de madera, situadas al lado de su habitación.

Dejó a un costado esos pensamientos y siguió buscando el cuento; continuaba oyendo esos pasos. Miró la hora, abandonó el libro, al día siguiente tendría que madrugar. Apagó el velador e intentó encontrar una posición que le resultara cómoda para dormir: se puso de costado, giró hacia el lado contrario, boca abajo, y en esa posición recordó la última vez que había estado con Beto. Era una noche fría de otoño, estaban en la cama, de costado. Él la había aferrado hacia su cuerpo, luego le había agarrado los pechos y mordido el cuello. Ella no quería y cuando intentó levantarse, él la agarró a la fuerza, la puso boca abajo, le abrió las piernas y le corrió la bombacha. Marta hacía fuerza con las piernas, movía su cuerpo tratando de liberarse, le decía: “por favor, otra vez no”, mientras él hacía presión para penetrarla. Luego comenzó a moverse sobre ella mientras le decía que era una puta.

Un sonido fuera del dormitorio interrumpió esos recuerdos. Sí, parecían o eran pasos, pero ésta vez más cercanos al dormitorio. Volvió a imaginarse a ese ser maravilloso, ¿Y si de verdad no estoy sola en esta casa? Pensó, y se arropó. Luego trató de convencerse de que eran ideas fabricadas por su mente. Decidió ponerse boca arriba. De esa manera, podría poner las manos sobre su panza: hacía 18 semanas que había quedado embarazada de Beto y no sabía si decírselo o no. Las dudas giraban dentro de su cabeza; no podía dormir, entonces recurrió a un método infalible: cerró los ojos, contó desde el uno hasta el cien y, cuando llegó al cien, retrocedió hasta el uno. De modo sistemático contó hasta que se fue quedando dormida.
En el dormitorio sólo se oía la respiración profunda de Marta.

De manera gradual, los pasos que había creído oír se hicieron más intensos; provenían de las escaleras de madera. No sólo se quedaban en las escaleras; sino que ese sonido lento tac-tac descendía y llegaba hasta el cuarto. En la penumbra del dormitorio, los pasos se detuvieron y esas ideas que la habían perseguido se hicieron realidad: en aquella casa había un animal. No sólo en la casa, sino en el cuarto. Movió su hocico y cuando verificó que ella estaba ahí caminó resuelto por toda la habitación. Olió cada rincón hasta llegar al lado de la cama en el que Marta dormía. Se detuvo. La miraba en la penumbra, parado en dos patas. Sin hacer demasiados movimientos apoyó las patas en la cama, hizo fuerza y subió. Se agazapó y comenzó a deslizarse por el costado del cuerpo de Marta. Mientras lo hacía movía el lomo lleno de púas y su cola larga. Llegó hasta la panza. Estiró una de sus patas y se la apretó. Marta movió las piernas. El animal siguió haciendo presión, pero cada vez con más intensidad. Ella volvió a moverse y balbuceó. Se quedó quieto y después de unos segundos, cuando se dio cuenta de que ella no se había despertado, puso sus dos patas traseras sobre las piernas de su víctima y sus dos patas delanteras sobre los brazos. Tenía las púas erizadas; algunas se rozaban entre sí y hacían un ruido parecido a un zumbido. Así como estaba volvió a agazaparse y comenzó a frotarse -haciendo balanceos- contra el cuerpo de ella.

Marta se despertó, le estaba sujetando las piernas y los brazos; giró la cabeza de un lado a otro, el animal le respiraba al oído. Abrió los ojos, una figura negra estaba encima de ella. Empezó a moverse, hacía fuerza con los hombros, con la cintura para intentar desprenderse de lo que fuera que la tenía agarrada. Cuanta más fuerza hacía era peor porque el animal le clavaba las uñas. Le dijo que por favor la dejara irse. Apenas podía pronunciar esas palabras, porque era como si le estuvieran apretando el pecho con un pedazo de mármol. Las gotas de transpiración empezaban en el pelo y descendían por toda la espalda. La remera con la que dormía estaba pegada a su cuerpo. Le pesaba la cabeza y un dolor profundo le atravesaba el abdomen. Se dejó vencer y fue en ese momento cuando el animal dejó de clavarle las uñas, y en vez, la penetró con una de sus púas. Marta puso su cuerpo rígido y volvió a hacer fuerza para escapar. Se estaba quedando cada vez con menos oxígeno, casi no podía respirar. De pronto, sus piernas y sus brazos quedaron liberados.

Se apuró en salir y fue hacia la llave de luz. Antes de apretarla notó que tenía en las piernas un líquido pegajoso. Pasó una mano por ahí, la olió; era sangre. Oyó pisadas rápidas dentro del cuarto y luego ruidos en las escaleras. Encendió la luz: en la cama y en todo su cuerpo había sangre. La remera también estaba manchada; la bombacha se la había arrancado. Una puntada en el abdomen la obligó a doblarse; la sangre le caía por el costado de la entrepierna. Caminó despacio hasta la cama, con las manos en la panza. Se sentó sobre el colchón y comenzó a acariciarla. Luego, se miró el cuerpo ensangrentado y pensó en Beto: ya tenía la respuesta. La puntada en el abdomen persistía. Abrazó su panza, tragó saliva; le costaba. El llanto subía de a poco y, cuando pensó que no tendría que decírselo jamás, las lágrimas salieron de sus ojos. Otras las siguieron más rápidas. De pronto, levantó la cabeza y miró en todas las direcciones; un nuevo ruido comenzaba a atormentarla, pero ésta vez no eran pasos. Era como el llanto intermitente de un bebé, que ascendía y descendía por las escaleras de madera que estaban al lado de su habitación.

 

Publicado en el libro Más allá de las palabras

Retrato de un recuerdo

Posted: 19/07/2010 in Cuentos
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La luz del living está encendida. El camino que me conduce a la entrada, iluminado por las luces que provienen de la calle. Los perros ladran, solitarios, y desde el roble prorrumpen algunos sonidos: las ramas se agitan y de ellas salen palomas que vuelan en la misma dirección. Vuelan cada vez más arriba hasta que se pierden en la oscuridad del cielo estrellado. Las hojas del roble permanecen en movimiento; algunas caen, rozan el pasto, lo acarician hasta que se quedan quietas, inmóviles.

Entro con la llave que abrió esta puerta durante veinte años. Las persianas no están del todo bajas, la luz del living está encendida, pero no hay ningún signo de vida, más que los cuatro perros que me siguen desde que llegué. Enseguida que entro escucho como un murmullo, imagino que una voz quiere salir de las paredes, pero no puede, y entonces sólo sigo escuchando un murmullo hueco. Voy hacia el que era mi dormitorio. Sólo queda una cama con un colchón, el armario y una mesa de madera antigua. Sobre la mesa, una lupa y varios negativos. ¿Quién estará en esos negativos? Acerco la lupa, las personas que están en esa playa no son parte de mi familia. Tampoco lo es un señor panzón con bigotes que se mira en el espejo de un baño. A esta casa la habitan otras sombras, pienso, sombras que son parte de una vida que desconozco. Me siento sobre el colchón húmedo y miro hacia el armario. En ese lugar, mamá guardaba cartas que nunca llegaron al destinatario, fotos en las que ella no estaba y ropa hecha a mano, que se llevaron.

Salgo del dormitorio y voy hacia el cuarto de mi abuela. Intento abrir la puerta, está cerrada. Vuelvo hacia el living y en el trayecto paso por uno de los espejos que está en la entrada. Me miro de reojo, pensar que vio pasar tanta gente… creo que guarda un secreto y es por ese motivo que no me animo a mirar de frente, por miedo a que me lo revele. Paso rápido por delante del espejo y tengo la sensación de que alguien me sigue.

Llego al living. Está vacío, salvo por dos cosas: el sillón negro y la biblioteca. A veces el silencio es ruido, pienso. La biblioteca tiene dos puertas, las abro y busco los libros que me quiero llevar: Las mil y una noches, Hamlet y todos los tomos de la enciclopedia que mi abuela compró por encargo. El primero que elijo es Hamlet y antes de guardarlo me fijo si tiene algo dentro; mi abuela solía esconder, entre las hojas, trucos de recetas para que nadie supiera cómo le salían tan ricos los dulces caseros. Agito las hojas del libro. Cae un papel arrugado que dice: “Para mi amor”. Intento no leerlo, pero mis pupilas se detienen en otra frase que dice: “Te esperé durante horas y no viniste”. Intento pensar si esa carta habrá sido de algún amor de mi abuela. Le gustaba guardar cuanto papel hubiera a su alcance. Decido dejarlo en la biblioteca. Me siento en el sillón negro. La mesa ratona de mármol, que antes había, ya no está. Tenía como adorno un candelabro de plata, que también se lo llevaron. El sillón me resulta incómodo.

Me levanto y voy al comedor. Las sillas son las mismas que antes, sólo que ahora están rotas y agujereadas. La estufa ya no está; hay un hueco. Miro hacia el techo, telas de araña y la misma lámpara de plata que mi abuela solía lustrar una vez por semana. Creo escuchar pasos, es como si de pronto tuviera la sensación de que ella va a entrar por la puerta del comedor, me va a mirar y me va a decir que soy la más linda de todas las nenas del mundo. La imagino con su poncho, sus alpargatas y sus pelos despeinados, arrastrando los pies. Imagino que una vez más me va a enseñar a hacer manteca, me va a cocinar los fideos tirabuzón con salsa, los buñuelos y los panqueques con dulce de leche. Quisiera que estuviera acá, que fuera realidad todo lo que imagino, pero no va a volver.

De pronto se me ocurre que si encuentro la llave del cuarto de mi abuela puedo dormir ahí, por esta noche. Es tarde para volver a casa, tendría que recorrer como cincuenta kilómetros. Busco el portallaves, ahí tiene que estar. Cuando lo encuentro voy hacia el cuarto de mi abuela. Introduzco la primera llave. La segunda. La tercera. La cuarta. Y cuando meto la quinta y la muevo, la cerradura cede hasta el final. Entro al cuarto de mi abuela. Huele a naftalina. La cama está desnuda. Ni siquiera tiene el colchón donde dormía ella. Los resortes están a la vista. El espejo me encuentra y yo a él: recuerdo cuando era una niña. Llegaba a la puerta de este cuarto, mi abuela no me dejaba entrar si no era con los patines especialmente hechos para los pisos encerados. Me gustaba entrar a su cuarto y saltar sobre la cama. Y a ella también le gustaba porque se ponía a cantar.

El ladrido de un perro me trae de nuevo al presente y de pronto tengo ganas de saltar en el colchón. Voy a buscar el colchón al que era mi dormitorio. Después de arrastrarlo y de hacer fuerza consigo ponerlo sobre los resortes. Luego me subo a la cama y me paro en el colchón. Salto una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, y miles de veces. Los pelos se me despeinan, el pulso se agita, estornudo sin parar. Mientras salto muevo los brazos y canto la parte de una canción que ella solía recitar en los momentos de los saltos: “Iba una chiquita por la calle, iba caminando con soltura, todos se paraban a mirarla…chiquita que linda sos, chiquita de pimienta, qué pimienta tiene al caminar”.

—¿Vos sos la chiquita de pimienta? —solía preguntarme cuando dejaba de saltar.

—Sí, soy yo.

Le decía que sí para verla sonreír, y enseguida me lo volvía a preguntar. No entendía por qué era tan reiterativa, hasta que supe que estaba enferma. En el último salto me detengo y dejo que todo mi cuerpo caiga sobre el colchón. Caigo como peso muerto y me río a carcajadas. Poco a poco mi pulso disminuye… cierro los ojos. Imagino que mi abuela está conmigo, que está al costado de la cama, acariciándome los pies. Quiero creer que me frota los pies para que se me vaya el frío. Me figuro que está ahí, que la puedo ver por última vez para decirle lo que ella decía: “Será hasta siempre, mi chiquita…”

Tengo los pies helados. Me levanto para buscar una frazada en el armario. Lo abro y encuentro la ropa de ella, ¿por qué no se la llevaron también? Me pongo un pulóver azul y uno de esos ponchos de lana que tanto le gustaban. Vuelvo al colchón gris y ahora entrecierro los ojos, las lágrimas me resbalan por la cara. Me pongo en posición fetal. Imagino que estoy acurrucada debajo de muchas frazadas, me seco las lágrimas, pero siguen saliendo. Tengo mucho frío en los pies. Cierro los ojos e intento dormir, pero no puedo, el frío en los pies siempre resulta insoportable. De pronto escucho un ruido, miro hacia la puerta del cuarto y creo ver a mi abuela con sus pantuflas y con su poncho con olor a jazmín, entrando a la habitación. Se sienta en su cama, me acaricia los pies… Dejo de llorar para sonreír y me acurruco en el poncho que me puse. Me quedo quieta, inmóvil. Poco a poco recupero el calor de mis pies, la alegría de haber saltado en la cama y el recuerdo entrañable de cuánto nos amamos, y recién  entonces me entrego al sueño.