Zumbido

“Estoy solo y no hay nadie en el espejo”.

J. L. Borges

Claudia respondió señalándome la cuna que se dejaba ver por la luz del pasillo. El cuarto estaba oscuro. Entramos y encendió el velador. Todo se veía igual, salvo la ventana, estaba cerrada y tenía la persiana baja. El mosquitero ahora estaba roto.

─ El olor… ─dije.

Caminé hacia la cuna. Claudia me daba la espalda, miraba hacia la ventana. Me acerqué a la cuna. Ahí estaba el bebé; un montón de moscas revoloteaban sobre su cara: algunas apoyadas sobre la nariz y otras sobre los labios. Me cubrí la nariz y boca, el olor era nauseabundo. El cuerpo lo tenía tapado con una sábana. Imaginé que debajo de esa sábana, habría muchas más moscas… Claudia seguía dándome la espalda. Las moscas parecían multiplicarse. La última vez que lo había visto me había mirado con esos ojos grandes y azules, había movido sus labios.

─El zumbido de las moscas… ─dijo Claudia.

Esa misma tarde cuando llegué a visitarla la noté rara, estaba distante, parecía ida. Tendría que haber venido antes para ayudarla, por qué había dejado pasar así el tiempo. Me contó casi como una confesión que no soportaba más el zumbido de las moscas. No entendía a qué se refería hasta que entramos a la cocina. Había algunas sobre un pedazo de pan, otras en el chupete y sobre unas ropas del bebé.

─Qué olor… ─dije.

No me respondió, estaba estupefacta mirando el chupete.

─¿Dónde está? ─pregunté.

─¡Las moscas no se van! ─dijo sin responder a la pregunta.

Salí de la cocina apurada en llegar a la habitación. Claudia se me adelantó, abrió la puerta y señaló la cuna. La última vez que lo había visto sonreía, ahora estaba inmóvil, con los ojos cerrados y un tono azulado en la cara y en el cuello.

─Claudia, ¿qué pasó?

No me contestaba. Comencé a llorar.

─¡Por favor, decime qué pasó! ─insistí.

Giró para mirarme. Ella también lloraba. Me acerqué, quería decirle que teníamos que pedir ayuda.

─No lo entendés, no aguanto más el zumbido de las moscas, no aguanto más el zumbido de las moscas, no aguanto más el zumbido de las moscas ─repetía, una y otra vez.

 

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Una respuesta a Zumbido

  1. En principio tu pluma atrapa y el lector se deja atrapar, esto es importante a mi humilde punto de vista, pero a medida que leemos ya es la lectura la que no quiere soltar al lector mientras que de alguna manera el lector quiere abandonar porque la lectura pasa a ser predecible. Me han aconsejado que si empezamos por donde queremos terminar, al contrario de lo que creemos, la lectura definitivamente no quiere ser soltada. Lee el principio de cuento así:
    No quería ver lo que ya el zumbido de las moscas y el olor fétido anunciaba, si, allí estaba, el bebé de Claudia, estaba inmóvil, con los ojos abiertos y la mirada fija. En la piel blanca de su cara había algunos moretones. La cabeza y el cuello estaban de un color verde azulado. Me tapé la boca y lo seguí mirando…
    Ese comienzo no deja ir a muchos y por otro lado, la misma letra, tus mismas letras te exigen esfuerzo para mantenerse viva durante todo el cuento.

    Saludos desde Caracas

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