Lluvia de balcón

Estoy convencido de que en un principio Dios hizo un mundo distinto para cada hombre, y que es en ese mundo, que está dentro de nosotros mismos, donde deberíamos intentar vivir.

Oscar Wilde

Saco una de mis alas afuera por la puerta del balcón. Mi cuerpo queda adentro, despliego el ala… Llueve, el agua que cae es real, todo lo que está pasando es real: las nubes de color gris plomizo y negras, los relámpagos, los pájaros que vuelan buscando refugio, la gente que corre para no mojarse o los que caminan por debajo de los edificios. Sí, llueve y hace cuánto que no pongo este ala a la intemperie. No lo hago desde pequeño; recuerdo que volaba hacia el pasto, me ponía debajo de la lluvia y ahí me quedaba hasta quedar totalmente mojado o esperaba que dejara de llover y entonces iba a los charcos y me bañaba. Ahora me sucede todo lo contrario… Hace poco que anido al lado de una ventana que tiene balcón y cada vez que empieza a llover me meto dentro, porque ya no quiero mojarme, porque estoy más viejo, pero hoy no tengo ganas de meterme dentro: hoy tengo ganas de que la lluvia me moje, aunque sea un ala, aunque lo disfrute solo. Por eso es que la puse afuera y las gotas me la están mojando. Cuando empezó a llover caían con el mismo ritmo y ahora están cayendo más desparejas. Hace mucho que tampoco huelo lo que la lluvia evapora, no tenía ganas de detenerme en eso… El olor de la tierra cuando se levanta, el hollín, el olor a humo, el olor de la ciudad, de la gente son parte de este instante.

De pronto, me dan ganas de mojarme por completo, por qué esto de sacar una parte y no todo el cuerpo, ¿qué me detiene? Entonces, salgo al balcón y miro hacia arriba, las gotas resbalan por mi cara, me mojan la cabeza, los ojos y caen por todo mi cuerpo; mi plumaje se aplasta y pierde el brillo, pero ya no me importa. Miro hacia la calle, está vacía, nadie se quiere mojar; solo miles de gotas caen en diferentes direcciones, pero todas a la vez y con fuerza. Es como si estuviera solo en esta ciudad, porque el único silencio es el ruido de la lluvia. Así como estoy, todo empapado, como si hubiera salido de un charco, me subo a la baranda, me acomodo en ella y ahí me quedo, disfrutando de esta lluvia de balcón.

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