Desencontrados en el tiempo

Hay pasiones que la prudencia enciende y que no existirían sin el riesgo que provocan.
Jules Amédée Barbey d’Aurevilly

Cada vez que me había hablado lo había hecho casi en forma de confesión, parecía que iba a contarme un secreto. No solo sus ojos me miraban fijo, había algo de mí que despertaba la curiosidad de Alex. Aquella tarde nos cruzamos en la librería que quedaba cerca de nuestras casas. No pasó demasiado tiempo para que comenzara a mirarme como solía hacerlo, pero algo había cambiado en él. Ahora sus ojos estaban colorados y hamacaban lágrimas.  Me acomodé el pelo hacia un costado y dije:

-¿Qué libro vas a comprar?

Balbuceó unas palabras y luego me invitó al café de la librería. Pedimos unos cafés y aguas con gas, mientras hablábamos. Quería escuchar cada palabra que salía de su boca, mirar sus ojos para no olvidarlos y verle las manos, manos con las que cada mañana me escribía un correo electrónico o sacaba una foto para regalármela. Alrededor de él, una luz blanca lo envolvía  y desprendía un aroma dulce como la miel. Me habría encantado detener las agujas del reloj y quedarme suspendida en ese momento, que era el único en el que podía estar con Alex. No teníamos los mismos tiempos: él estaba casado. Cada vez que nos mirábamos a los ojos era como entrar en esos túneles paralelos de los que yo le había hablado, era sentir que compartíamos el mismo instante. Miró la hora y dijo:

-¿Vamos por los libros?

Caminamos por el pasillo del género “autoayuda”, los dos buscábamos ese tipo de lectura para nuestras madres.  Era como si nos rozáramos cuando nunca lo habíamos hecho, como si un hilo invisible nos uniera en el espacio para que camináramos a la par. Agarré un libro y leí en voz alta una frase de un pensador. Él me miraba sin escucharme. Terminé de leer y le pregunté qué le parecía.

-Lo único que me gustaría es darte un beso –confesó.

-Va a ser mejor que vayamos –dije, y él asintió.

Fuimos por otro pasillo, hacia la salida, pero antes de irnos me detuve a ver un libro. Él estaba detrás de mí, casi tocándonos, casi que me podía sostener si yo llegaba a caerme hacia atrás. Podía oler el deseo que tenía de aferrarme por la cintura y besarme en la nuca… Tan solo era una barrera la que nos separaba, pero una barrera que si  la rompíamos podía destruirnos. ¿Estaríamos en dos túneles distintos o en el mismo? Estaba claro que no lo sabíamos, los sentimientos  ebullicionaban,  pero cada uno estaba en un tiempo distinto: estábamos desencontrados en el tiempo.

-Aunque no quiera, tengo que irme –dijo Alex.

Dejé el libro y caminamos hacia la puerta. Él iba detrás de mí. Salimos de la librería  para entrar de nuevo al ritmo de la ciudad… El tiempo nos había dejado estar un rato a solas, pero ahora nos expulsaba hacia la vida misma. Nos miramos de frente. Alex parecía nervioso y yo tenía la boca seca.

-Tengo ganas de darte un beso –dijo él y me agarró de la cintura. Un fino espacio era lo único que hacía que no hubiera contacto entre nuestros cuerpos. No dejábamos de mirarnos. Negué con la cabeza, mirando hacia abajo.

-Te entiendo –dijo.

Y apenas terminó de decir estas palabras me abrazó con delicadeza. Rocé mi cara con su hombro, desde ahí podía olerlo más de cerca.

-Qué cuello largo –dijo y acercó la nariz.

Fueron apenas unos segundos, pero cada movimiento fue tan sutil… parecía estudiado con anticipación.

-Bueno, nos hablamos –dije.

Me soltó, volvió a mirarme y nos despedimos con un beso en la mejilla y con un “chau”. Lo vi desaparecer entre la multitud. A medida que pasaban los minutos, la tensión se desvanecía, pero me acorralaba la sensación de vacío de no saber si lo volvería a ver. Caminé hasta el colectivo guardando la mirada de él en lo más profundo de mi memoria, mientras las lágrimas se escabullían de mis ojos, sin pedirme permiso.

 

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