No vas a volver

                                                              “Si no recuerdas la más ligera locura en la que el amor te hizo caer, no has amado”.
W. Shakespeare

La casa quedó vacía desde que te fuiste. Se secó la planta de la moneda que habíamos comprado. No vas a volver. Camino por el living revisando lo que queda: una mesa y dos sillas. Tengo un poco de tiempo, antes de que vengan los nuevos inquilinos. Voy al que era nuestro baño: la mesada vacía sin tus perfumes, ni cremas, ni afeitadora, ni nada.

Salgo del baño y voy al escritorio, sobre la mesa encuentro uno de tus libros. En uno de los estantes de la biblioteca estaban tus libros, tu música, y ahora no queda nada. Agarro el libro que encontré y lo aprieto contra mi cuerpo; a este libro de Borges lo habíamos leído juntos. ¿Te acordás de ese cuento que tanto nos hacía pensar en los sueños? Martín, no vas a volver. Me acerco al ventanal del cuarto, el cielo está gris y hay viento.

Voy al dormitorio. Todavía está la cama, sin colchón ni almohadas y en un estante quedó un portarretratos de cuerina con una foto de los dos. Me siento sobre la madera fría de la cama, una cama elástica para saltar al cielo, pienso, la cama: una laguna oscura de peces incoloros. Quizás, todavía haya algún pelo tuyo en el piso;  ojalá, ojalá que estuvieras aquí. Solo éramos dos almas perdidas que nadan en una pecera, año tras año, corriendo siempre sobre el mismo viejo camino. ¿Que hemos encontrado? Los mismo miedos de siempre, deseo que estuvieras aquí…, pienso en este tema de Pink Floyd; mi alma, un charco de agua que se seca… Agarro el portarretratos y tengo ganas de nadar, tal vez para olvidarme de las ideas tan absurdas que pienso, una idea absurda, digo en voz alta, una sombra rota por los vidrios… y tiro el portarretratos contra el piso.

Salgo del dormitorio. Los fantasmas se van del comedor cuando enciendo la luz. Me siento durante un largo rato en la silla que él solía usar.  La mesa está llena de tierra. Ya sé que nos vas a volver, eso es imposible, digo en voz alta. Camino hacia el balcón. Abro la puerta. El viento me enfría la cara. Los inquilinos deben estar por llegar, pienso. Me agarro de la baranda, miro hacia abajo. Cuando era adolescente quería tirarme del octavo piso de la casa en la que vivía con mis padres; solía preguntarme cuáles serían las sensaciones que una persona experimenta mientras va llegando al piso y sabe que se va a morir. Me dan miedo las alturas, pero también ganas de tirarme hacia abajo. Escucho el timbre del portero eléctrico, esos son los que vienen a ocupar el lugar donde fui feliz con Martín. Apoyo la mitad de mi cuerpo en la baranda del balcón con la cabeza hacia abajo. Todavía estoy agarrada a los barrotes. Mi amor, en la muerte nos encontramos, digo en voz alta y me suelto hacia el vacío.

http://www.youtube.com/watch?v=QCQTr8ZYdhg

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El animal

                                                             Es una equivocación creer que el horror se asocia inextricablemente con la oscuridad, el silencio y la soledad”

HP. Lovecraft

Mientras buscaba la página del libro que estaba leyendo escuchó esos ruidos, parecían pasos que bajaban y subían por las escaleras de madera, al lado de su habitación. Marta apagó el velador y se puso boca arriba con las manos sobre su panza: estaba embarazada. Unos minutos después se quedó dormida.

El animal movió su hocico y cuando verificó que ella estaba ahí caminó resuelto por toda la habitación. Olió cada rincón buscándola. Se detuvo cuando la vio durmiendo. Se acercó y con un pequeño salto subió a la cama. Se agazapó y se acercó al cuerpo de ella mientras movía el lomo. Estiró una de sus patas y le apretó la panza. Marta movió las piernas. Y el animal siguió haciendo presión, pero cada vez con más intensidad mientras movía el lomo lleno de púas erizadas.

Marta se despertó, un animal mediano, de color marrón y negro, lleno de púas y con una cola larga estaba en su cama, creyó que se trataba de una pesadilla. Sintió un profundo dolor en el abdomen. El animal al escuchar los gritos de ella bajó corriendo de la cama y desapareció. Marta puso su mando en la panza eran puntadas intermitentes. No encontraba posición en la que pudiera sentirse mejor, parecía que le estaban revolviendo las entrañas.  Apretó el interruptor para prender la lámpara de su mesa de luz. Apenas podía moverse. Notó que un líquido pegajoso, tibio se le escurría por la entrepierna, era sangre.  Comenzó a llorar. Volvió a oír los pasos en las escaleras. Las puntadas en el abdomen persistían. Acariciaba su panza y lloraba sin parar. De pronto, comenzó a escuchar un nuevo sonido, esta vez no eran pasos, ahora escuchaba el llanto de un bebé.

 

 

Publicado en el libro Más allá de las palabras

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Retrato de un recuerdo

La luz del living está encendida. El camino que me conduce a la entrada, iluminado por las luces que provienen de la calle. Los perros ladran, solitarios, y desde el roble prorrumpen algunos sonidos: las ramas se agitan y de ellas salen palomas que vuelan en la misma dirección. Vuelan cada vez más arriba hasta que se pierden en la oscuridad del cielo estrellado. Las hojas del roble permanecen en movimiento; algunas caen, rozan el pasto, lo acarician hasta que se quedan quietas, inmóviles.

Entro con la llave que abrió esta puerta durante veinte años. Las persianas no están del todo bajas, la luz del living está encendida, pero no hay ningún signo de vida, más que los cuatro perros que me siguen desde que llegué. Enseguida que entro escucho como un murmullo, imagino que una voz quiere salir de las paredes, pero no puede, y entonces sólo sigo escuchando un murmullo hueco. Voy hacia el que era mi dormitorio. Solo queda una cama con un colchón, el armario y una mesa de madera antigua. Sobre la mesa, una lupa y varios negativos. ¿Quién estará en esos negativos? Acerco la lupa, las personas que están en esa playa no son parte de mi familia. Tampoco lo es un señor panzón con bigotes que se mira en el espejo de un baño. A esta casa la habitan otras sombras, pienso, sombras que son parte de una vida que desconozco. Me siento sobre el colchón húmedo y miro hacia el armario. En ese lugar, mamá guardaba cartas que nunca llegaron al destinatario, fotos en las que ella no estaba y ropa hecha a mano, que se llevaron.

Salgo del dormitorio y voy hacia el cuarto de mi abuela. Intento abrir la puerta, está cerrada. Vuelvo hacia el living y en el trayecto paso por uno de los espejos que está en la entrada. Me miro de reojo, pensar que vio pasar tanta gente… creo que guarda un secreto y es por ese motivo que no me animo a mirar de frente, por miedo a que me lo revele. Paso rápido por delante del espejo y tengo la sensación de que alguien me sigue.

Llego al living. Está vacío, salvo por dos cosas: el sillón negro y la biblioteca. A veces el silencio es ruido, pienso. La biblioteca tiene dos puertas, las abro y busco los libros que me quiero llevar: Las mil y una noches, Hamlet y todos los tomos de la enciclopedia que mi abuela compró por encargo. El primero que elijo es Hamlet y antes de guardarlo me fijo si tiene algo dentro; mi abuela solía esconder, entre las hojas, trucos de recetas para que nadie supiera cómo le salían tan ricos los dulces caseros. Agito las hojas del libro. Cae un papel arrugado que dice: “Para mi amor”. Intento no leerlo, pero mis pupilas se detienen en otra frase que dice: “Te esperé durante horas y no viniste”. Intento pensar si esa carta habrá sido de algún amor de mi abuela. Le gustaba guardar cuanto papel hubiera a su alcance. Decido dejarlo en la biblioteca. Me siento en el sillón negro. La mesa ratona de mármol, que antes había, ya no está. Tenía como adorno un candelabro de plata, que también se lo llevaron. El sillón me resulta incómodo.

Me levanto y voy al comedor. Las sillas son las mismas que antes, solo que ahora están rotas y agujereadas. La estufa ya no está; hay un hueco. Miro hacia el techo, telas de araña y la misma lámpara de plata que mi abuela solía lustrar una vez por semana. Creo escuchar pasos, es como si de pronto tuviera la sensación de que ella va a entrar por la puerta del comedor, me va a mirar y me va a decir que soy la más linda de todas las nenas del mundo. La imagino con su poncho, sus alpargatas y sus pelos despeinados, arrastrando los pies. Imagino que una vez más me va a enseñar a hacer manteca, me va a cocinar los fideos tirabuzón con salsa, los buñuelos y los panqueques con dulce de leche. Quisiera que estuviera acá, que fuera realidad todo lo que imagino, pero no va a volver.

De pronto se me ocurre que si encuentro la llave del cuarto de mi abuela puedo dormir ahí, por esta noche. Es tarde para volver a casa, tendría que recorrer como cincuenta kilómetros. Busco el portallaves, ahí tiene que estar. Cuando lo encuentro voy hacia el cuarto de mi abuela. Introduzco la primera llave. La segunda. La tercera. La cuarta. Y cuando meto la quinta y la muevo, la cerradura cede hasta el final. Entro al cuarto de mi abuela. Huele a naftalina. La cama está desnuda. Ni siquiera tiene el colchón donde dormía ella. Los resortes están a la vista. El espejo me encuentra y yo a él: recuerdo cuando era una niña. Llegaba a la puerta de este cuarto, mi abuela no me dejaba entrar si no era con los patines especialmente hechos para los pisos encerados. Me gustaba entrar a su cuarto y saltar sobre la cama. Y a ella también le gustaba porque se ponía a cantar.

El ladrido de un perro me trae de nuevo al presente y de pronto tengo ganas de saltar en el colchón. Voy a buscar el colchón al que era mi dormitorio. Después de arrastrarlo y de hacer fuerza consigo ponerlo sobre los resortes. Luego me subo a la cama y me paro en el colchón. Salto una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, y miles de veces. Los pelos se me despeinan, el pulso se agita, estornudo sin parar. Mientras salto muevo los brazos y canto la parte de una canción que ella solía recitar en los momentos de los saltos: “Iba una chiquita por la calle, iba caminando con soltura, todos se paraban a mirarla…chiquita que linda sos, chiquita de pimienta, qué pimienta tiene al caminar”.

—¿Vos sos la chiquita de pimienta? —solía preguntarme cuando dejaba de saltar.

—Sí, soy yo.

Le decía que sí para verla sonreír, y enseguida me lo volvía a preguntar. No entendía por qué era tan reiterativa, hasta que supe que estaba enferma. En el último salto me detengo y dejo que todo mi cuerpo caiga sobre el colchón. Caigo como peso muerto y me río a carcajadas. Poco a poco mi pulso disminuye… cierro los ojos. Imagino que mi abuela está conmigo, que está al costado de la cama, acariciándome los pies. Quiero creer que me frota los pies para que se me vaya el frío. Me figuro que está ahí, que la puedo ver por última vez para decirle lo que ella decía: “Será hasta siempre, mi chiquita…”

Tengo los pies helados. Me levanto para buscar una frazada en el armario. Lo abro y encuentro la ropa de ella, ¿por qué no se la llevaron también? Me pongo un pulóver azul y uno de esos ponchos de lana que tanto le gustaban. Vuelvo al colchón gris y ahora entrecierro los ojos, las lágrimas me resbalan por la cara. Me pongo en posición fetal. Imagino que estoy acurrucada debajo de muchas frazadas, me seco las lágrimas, pero siguen saliendo. Tengo mucho frío en los pies. Cierro los ojos e intento dormir, pero no puedo, el frío en los pies siempre resulta insoportable. De pronto escucho un ruido, miro hacia la puerta del cuarto y creo ver a mi abuela con sus pantuflas y con su poncho con olor a jazmín, entrando a la habitación. Se sienta en su cama, me acaricia los pies… Dejo de llorar para sonreír y me acurruco en el poncho que me puse. Me quedo quieta, inmóvil. Poco a poco recupero el calor de mis pies, la alegría de haber saltado en la cama y el recuerdo entrañable de cuánto nos amamos, y recién  entonces me entrego al sueño.

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Aleteo

“La muerte no es más que un sueño y  un olvido”.
            Mahatma Gandhi.

Había agua por todo el piso, yo estaba descalza. Podía oír el sonido del agua corriendo por los caños. De repente, escuché otro ruido, era parecido al aleteo de un pájaro. “¿Qué invenciones estoy teniendo?”, me pregunté, pero el sonido no cesaba, era continuo, parecía como que estaba cada vez más cerca de mis oídos. Andrés me había dejado encerrada, como siempre lo hacía cada vez que decía que yo lo engañaba, pero esta vez era diferente: no estaba sola. Miré hacia el techo, una figura oscura se alojaba allí arriba. Caminé despacio hacia la puerta, golpeé a puño cerrado; grité, volví a golpear y dije:

─ ¡Por favor, abrí!

No se escuchaba un solo sonido más que el del aleteo. Me tapé los oídos, me arrinconé contra la puerta.

“Podría no haberlo engañado, yo que creía en la fidelidad, en la lealtad, en todos esos valores de los que tanto habíamos hablado… ¿dónde habían quedado? Quizás toda la culpa no había sido mía, Andrés me estaba dando amor en migajas, racionado, descongelado y diluido. Decía que se había aburrido de mis ojos, no me besaba el cuello ni las manos ni los labios, un beso seco dos veces por día, como un remedio recetado. Tuve que soportar todos sus enojos con el mundo, sus tiempos pelotudos, sus casi y nada de ganas de buscar un hijo, sus silencios, su poca tolerancia, sus tan pocas ganas de amarme. Andrés, perdoname, latía y latía el pulso acelerado del deseo cada minuto que pasaba y vos con la noche convertido en piedra, durmiendo a mi lado sin estarlo, pensaba recordando las últimas noches pasadas. Anoche te habrás vuelto arena para salir por debajo de esta puerta cerrada con doble llave”.

El continuo aleteo cada vez más cerca de mí me obligó a dejar esos pensamientos a un lado. Me puse de pie y me apoyé en la pared. No veía nada, no podía correr ni caminar. El pájaro estaba delante de mí, podía sentir su mirada, sus alas apenas me rozaban el pelo. Parecía gigante, llegué a pensar que tenía más de dos alas o se movía demasiado rápido; rozaba mis piernas, mi panza. No me daban las manos para ahuyentarlo y a la vez gritaba que se fuera. Aleteaba cada vez más rápido. De repente, dejó de rozarme el cuerpo y fue a mis pies, me los picoteaba. Sacudía y movía las piernas, él no se daba por vencido, continúo picoteando mis pies, luego fue a mi vientre, lo busqué con mis manos y lo apreté lo más que pude. No sé de dónde lo agarraba, pero lo apretaba aunque mis fuerzas disminuían. Un líquido pegajoso y tibio salió, creo que de su pico y lo solté. Voló. Me tiré al piso, me puse boca abajo. Volví a gritar, a llamar a Andrés. “Ya está, es demasiado”, decía entre sollozosMe zumbaban los oídos, el pulso acelerado me hacía vibrar todo el cuerpo, quería salir de ahí, correr, ver la luz, verlo a Andrés, quería pedirle perdón, quería… El pájaro estuvo en segundos picoteándome los brazos, parecían como pinchazos seguidos. Mi llanto se entrecortaba. Siguió por mi cara, me lastimó una ceja, la sangre corría en vertical. Lo aparté con las dos manos y logré sacármelo. El aleteo comenzó a disminuir, creí no escucharlo más. Unos segundos después vi la figura oscura allí arriba. Volvía a aletear, pero ahora con más frenesí, como tomando impulso para dar el golpe final. Desde el techo descendió en línea recta hacía mí. No me dio tiempo ni para gritar, con una puntería perfecta incrustó su pico en mi cuello, penetró la piel, ardió, la sangre corría una maratón. Me pareció que las paredes se abrían, se convertían en túneles negros, vacíos de gente, de luces, de tiempo y de lugar. Caí al piso y en ese estado de ensueño lo vi a Andrés mirándome sin culpa con el pájaro apoyado en su brazo. Sin voz, sin fuerzas, sin poder resistir ni un minuto más todo el dolor físico cerré los ojos y me derrumbé.

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Ojos de pájaro

Imagino el inmenso mar azul, el cielo despejado y la arena tibia de Puerto Madryn. Voy a ir hacia allá a despedirme de mi último gran amor. Mañana es la partida. La decisión me llevó tres días porque para un pájaro de mi especie es difícil salir a volar en mar abierto: mis sacos aéreos están menos desarrollados que los de las aves de otras especies y por esto me va a costar más. Además no sé si lo voy a encontrar…

El tiempo de vuelo, según mis cálculos, será de dos días; tengo que volar ciento ochenta y un kilómetros; esta es la distancia que separa Punta Tombo de Puerto Madryn. Antes de comenzar mi viaje, me puse a pensar si resistiría los vientos y cómo iba a hacer para encontrarlo. Recordé que el color verdoso de su plumaje era inconfundible; el brillo y las tonalidades de color verde eran su arma más poderosa para la conquista. La voz aguda de un compañero cormorán interrumpió mis pensamientos, venía a decirme que no me olvidara de él y que volviera. No pude prometerle nada, sólo lo abracé.  

A la mañana siguiente partí. Era un día ideal para volar: el cielo estaba azul y habían pocas nubes. Estiré mis alas, las moví como para entrar en calor y comencé a volar muy despacio. Mi cuerpo estaba suspendido en el aire. Me elevé lo más que pude. El viento me abanicaba. Las nubes estaban bajas, me gustaba jugar con ellas, las atravesaba cerrando los ojos y pasaba despacio hasta que volvía a salir al cielo despejado. Lo hice con algunas hasta que me encontré con unas gaviotas que venían charlando a viva voz -distinguí a una que había vivido cerca de mi hogar- decían que un cormorán, o sea yo, estaba yendo hacia mar abierto. Sí, hablaban de mí y qué me importaba, si no conocían los motivos de mi viaje. Lo que yo no sabía era si iba a soportar tanto viaje; era un riesgo y estaba dispuesta a correrlo.

Volé durante todo el día y disfruté del sol tibio, que me acariciaba la cara. Iba haciendo paradas para descansar y cuando tenía hambre me sumergía en el mar para cazar algún pez, y luego tenía que ir hasta las rocas para secar mis plumas antes de volver a volar. Al llegar la noche busqué un árbol de ramas altas y buen follaje y dormí ahí.

Habían pasado varias horas cuando el ruido de un trueno me despertó. Llovía y el cielo estaba gris. Abandoné el árbol y retomé el vuelo; no quería demorarme en llegar. Había demasiado viento, me resultaba difícil volar, pero lo intentaba aleteando con todas mis fuerzas. El mar se veía de un color verde oscuro. Las nubes lo tapaban todo, tenía que atravesar demasiadas y ya no me parecía tan divertido.  Volé la mitad del día y comí poco. Busqué un nuevo árbol y en cuanto me apoyé contra unas ramas me quedé dormida hasta el día siguiente.

Me desperté con hambre. Faltaba poco para llegar, así que retomé el último tramo de vuelo. Bajé a buscar un pez y tuve que secarme en la arena, pero como no había sol tuve frío y me puse detrás de una roca para que me resguardara del viento. Sabía que en poco tiempo quizás iba a verlo. Agité mis alas y volví al cielo. Desde lejos podía ver el inmenso mar de Puerto Madryn, la playa y la cantidad de gaviotas y cormoranes que volaban como yo. Había llegado al mar de él. Busqué un pez grande y me sumergí para cazarlo. Su carne tenía un muy buen sabor. De alguna manera tenía que festejar mi triunfo. Luego salí del agua y fui hasta la orilla. Me acomodé en la arena y esperé por él, quizás en algún momento, aparecería. Pasaron muchos pájaros, estaba mareada de mirar de un lado hacia otro. La tarde estaba cayendo y hacía más frío que al mediodía. De pronto, vi un cormorán lindísimo; el plumaje era verdoso como el de él. Lo miré un largo rato hasta que me di cuenta de que era él. Voló un rato y luego descendió hacia una zona de rocas. Ahí se detuvo y lo vi cómo cortejaba a su nueva pareja: abría solamente una de sus alas y hacía movimientos lentos, mirándola. Luego, caminaba alrededor de ella, y abría y cerraba el pico como lo había hecho conmigo. Lo observé sin que se diera cuenta.

Se lo veía feliz. Se hacían caricias con los picos. Él volaba haciendo destrezas sólo para impresionarla y sumergía ese pico amarillo en el agua, y después le llevaba la presa a su pareja. Por fin había encontrado alguien que lo aceptara tal como era, no como yo que vivía remarcándole sus errores. Decidí acercarme, para saludarlo, por última vez. Nuestra despedida había sido drástica: nos habíamos separado de un día para el otro. Esperé a que saliera a buscar comida y lo seguí. Las alas no me alcanzaban para ponerme a su lado. Volaba rápido y con tanta agilidad  que hasta parecía más joven.  En cambio, a mí me pesaba el cuerpo. Mis alas estaban tan pesadas…; lo perdía de vista. Decidí gritar su nombre y, en ese cielo que se estaba poniendo azul, él me escuchó y miró hacia atrás. Ahí estaba yo: con mis plumas sin brillo, despeinada, cansada, quizás con mal aliento y mal dormida. Se acercó a mí y su expresión de sorpresa me hizo repensar si había hecho bien en ir a buscarlo.
─ Lo lograste, estás en tu mar ─le dije.

─ ¿Cómo supiste que…? ─preguntó.

─ Es nuestra última vez.

Decidimos bajar a la playa. Había dejado de llover y no había viento. Mi plumaje estaba además de sin brillo, mojado. Me costaba mirarlo a los ojos. Se acercó a mí, abrió una de sus alas y la apoyó en mi espalda. Me acerqué más a él. Ya no éramos los mismos. Lo que habíamos tenido ya no existía. Los dos mirábamos hacia el mar.

─ ¿Por qué te fuiste sin despedirte? ─pregunté.

Sacó su ala de mi espalda y en vez me abrazó. Lo seguí y nos quedamos abrazados durante un largo rato. Apoyaba mi cara en su ala y recordaba lo que había significado para mí. Sentí que me apretaban la garganta y dejé venir esa sensación, ya la conocía. Era la antesala del llanto. Puse dura la panza y me empezó a subir por el cuerpo una ráfaga de dolor que se tradujo en un llanto que no pude contener. Él también lloraba mientras me secaba las lágrimas con sus alas. Nos dimos un último beso y nos despedimos: ahora sí era el fin. El viento me despeinaba las plumas y hacía que las lágrimas salieran de mis ojos como lluvia. Volé hacia las rocas y busqué un rincón para poder dormir.

Cuando me desperté era un nuevo día en el que había sol y un viento que casi no me dejaba mantenerme en pie. No era un buen momento para volar hacia Punta Tombo, al margen de que estaba sin fuerzas para volar ciento ochenta y un kilómetros. Mi plumaje estaba rasgado por el viento. Tenía hambre, sed y mis energías para buscar alimento se habían agotado. Me molestaba el sol, la arena en la cara, el color del mar, Puerto Madryn, todo. Traté de agitar mis alas, pero ya no podía. Sentía mi pico afiebrado y me dolía cada parte del cuerpo. Caminé lentamente hasta el mar azul, el viento intentaba voltearme. Fui a la orilla y me recosté en la arena. Ese día las olas estaban furiosas. El contacto de mi cuerpo con la arena me dio más frío. Miré hacia su mar. Nunca más íbamos a recuperar ese amor. Se había ido con el viento. Recordé el último abrazo, el último beso y que él era feliz. Entonces, yo también era feliz. Nos habíamos podido despedir, era un gran paso para empezar a cerrar nuestra historia. Mi pico estaba más caliente que antes, mi cuerpo más dolorido, mi viaje había llegado a su fin. Cerré los ojos y fui entrando en un sueño profundo en el que veía sus plumas verdosas y cómo él se alejaba volando por el cielo, mirándome. Antes de entregarme al sueño y de quedarme ahí, en su mar, tuve este último pensamiento que me fue revelado en ese instante de eternidad: él había sido el único pájaro al que yo había amado.

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Cinco años después

Nací un 11 de marzo de 1980, hace 30 años. A la semana de nacer, mi madre y yo nos fuimos a vivir a la casa de mi abuela con los 6 perros de ella. Mi infancia transcurrió en Gonnet, partido de La Plata, donde viví durante diez años. Fue en esa casa donde experimenté los mejores momentos de mi infancia. Además de mi madre, la única persona que formó parte de mi familia fue mi abuela.

Recuerdo una mañana de otoño en la que disfruté de ser una niña de cinco años. Había llovido durante toda la noche y a la mañana me había despertado con el ladrido de uno de los perros de mi abuela. La cama de mamá estaba vacía. Tardé en levantarme y cuando lo hice subí la persiana: seguía lloviendo y el pasto estaba lleno de charcos. Lo otro que pude ver fue el roble. Al costado del roble se había formado un gran charco lleno de barro y hojas. Salí del cuarto y fui a la cocina a ver a mi abuela. Estaba de mal humor, decía que no le habían traído el diario por culpa de tanta lluvia. Le di un beso y sonrió. Enseguida dijo que tenía el café con leche preparado, que sólo le faltaba colarlo. Si tenía nata, ella sabía que yo no lo iba a tomar, entonces era cuidadosa al colar la leche. Puso el pan árabe en la tostadora y sacó de la heladera la manteca y el dulce de frutilla. Acomodó todo en la mesa y se sentó a mi lado. Tomé el café con leche y comí el pan tostado en un breve espacio de tiempo. Quería salir de la casa para ir al parque, pero sabía que la abuela no me iba a dejar, así que esperé que se fuera a duchar. Ella solía tomar un baño todas las mañanas. Cuando terminé de tomar el café con leche, mi abuela se levantó y se fue al baño, pero al rato la vi volver. El baño no estaba lo suficientemente caliente como para que ella pudiera darse una ducha, así que dijo que la iba a dejar para más tarde y que en reemplazo se iba a acostar: le dolía la cabeza. Me aconsejó que me pusiera a dibujar. Consideré que ese era el momento justo para salir, no para dibujar.

Abrí la puerta, el parque era todo para mí. Al principio caminé por el pasto, descalza, con los perros. Llovía y algunas gotas me mojaban la cabeza y la ropa que llevaba puesta. Levanté la cara hacia el cielo, las gotas resbalaban por mi piel. Comencé a girar con los brazos y con las palmas de las manos hacia arriba; mi cuerpo se abandonaba a la sensación del mareo y del agua fresca que caía sobre la piel de mis manos y me hacía cosquillas. Uno de los seis perros me miraba y ladraba. Di muchos giros sobre el mismo lugar, cada vez más rápido, hasta que caí al piso, y me reí del mareo que tenía. La perra que me ladraba vino hacia mí para ver si me encontraba bien, me daba besos en la cara y movía la cola. Me levanté y empecé a correr por todo el parque, con los seis perros siguiéndome. Corrí a través de todos los charcos, incluido el que estaba al lado del roble; a cada paso el pasto mojado se dejaba acariciar por mis pies. Estos se hundían en los charcos, se refrescaban, se ensuciaban con barro y hojas. Podía sentir cómo el pasto se escurría con cada pisada y, cuando los levantaba para dar el siguiente trote, las gotas de barro y agua me salpicaban las piernas. Los perros corrían conmigo. Estaba tan entretenida que no noté que ellos habían dejado de correr y estaban parados, estupefactos, con las orejas hacia atrás y la cola entre las patas, así que me detuve y los llamé, pero no me hicieron caso. Entonces me acerqué a ellos y me di cuenta de que estaban mirando hacia la puerta de la cocina en donde estaba parada mi abuela. Ella venía hacia nosotros, caminando a paso de soldado. Tenía los pelos parados y se había puesto una especie de poncho de colores que le gustaba usar. Tenía cara de enojada, la mirada fija, petrificada. Me quedé en el lugar, los perros le movían la cola. Entonces, me habló con voz también de enojada:

—Cuántas veces te dije que no podés mojarte así. Te vas a agarrar un broncoespasmo, una neumonía, un flemón. Querida, tenés asma. Hoy no vas a comer los chocolates que te compré, no puede ser, ¡siempre hacés lo que querés!

Fui hacia ella y apoyé mi cara sobre su poncho que olía a jazmín. Fingí que lloraba para darle lástima. Al principio no me dijo nada, pero al rato la conmoví y me alzó. En verdad, algunas lágrimas se me habían caído y ella comenzó a darme besos en la mejilla. También me daba palmadas en la cola y me decía que yo era una chiquita malcriada. Entramos a la casa y mientras me llevaba hacia el baño me dijo:

—Ya no sos tan chiquita como antes, estás más pesada.

En un tiempo la abuela ya no podría alzarme más. Entramos al baño, que ya se había calentado lo suficiente, dejó correr el agua y me dijo que iba a ser mejor que me diera una ducha de agua caliente. La abracé y antes de entrar a la bañera, le di un beso en la mejilla y le dije que ella era la única persona a quien yo amaba.

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Vuelo

Quisiera poder volar. Pararme en la baranda del balcón, abrir los brazos, agitarlos lo más rápido que pueda hasta levantar vuelo. Y convertirme en un pájaro pequeño. Despojarme de toda la ropa, quedar desnuda y que sólo me cubra un pelaje brillante y abrigado. Recorrería los kilómetros que nos separan. Pasaría por arriba de los edificios, podría ver tantas cosas. No me cansaría de volar. Me imagino el aire golpeándome la cara, secándome la boca. Y volaría sin detenerme hasta llegar a tu mar. Ese mar azul de una claridad infinita. Volaría con la cara hacia el sol. Aspirando el  aire. Y buscaría tu casa. Sabría distinguirla por la cercanía con el mar. Me detendría en la ventana de tu casa. Y una vez recuperada te buscaría con mis ojos negros de pájaro. Te miraría, me fijaría si tu mirada recuperó la libertad, si tu sonrisa se enfrió, si tus ojos se siguen entrecerrando cuando mirás fijo. Trataría de escuchar tu voz para saber si hablás más despacio.

Esperaría hasta que te fueras a dormir para volver a ver cómo te acostás en la cama, si la seguís arreglando como lo hacías antes de dormir. Observaría cómo la mirás a ella y si se acurruca en tu pecho como lo hacía yo, si con ella tenés ganas de hacer el amor. Solo me alcanzaría con volver a mirarte. No haría nada más. Y si me llegases a descubrir como pájaro en tu ventana me quedaría inmóvil y vos no harías nada más que mirar hacia tu mar. Pasaría inadvertida. Y me quedaría unas horas apoyada en el vidrio frío tratando de que el viento no me lleve, mirándote. Y quizás después de ver que le llevás un té a la cama antes de que se duerma, que sonreís cuando la mirás, que le das un beso. Y de escuchar que, antes de apagar la luz le decís, “sos la mujer de mi vida”, podría saber que sos feliz con ella, cerca de tu mar. Entonces, yo también sería feliz de que volviste a tu mar y estás con una mujer que te ama. Pero ya no tendría fuerzas para volver, para volar tantos kilómetros. Mis alas ya estarían rasgadas por el viento. Estaría hambrienta, sedienta. Los pelos de mi plumaje estarían despeinados. Me molestaría el sol. Trataría de volar y en el caso de que no pudiera hacerlo intentaría caminar. Iría hasta tu mar, a la orilla. Me recostaría en la arena tibia, miraría las olas furiosas y con esa última imagen sería feliz. Entonces cerraría mis ojos de pájaro y antes de dormirme no me olvidaría que fuiste el único hombre al que amé.

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